Algunos sostienen que sobre la capital murciana pesa una antigua maldición. El flamante teatro Romea, construido a mediados del siglo XIX, fue levantado sobre unos terrenos que por entonces pertenecían a un convento de la Orden de Santo Domingo. Según la leyenda, los dominicos profetizaron para el nuevo teatro tres incendios, dos de los cuales ya han tenido lugar. ¿Cuándo será el próximo?

Hay casos en que historia y leyenda convergen hasta un punto que complica su delimitación. La historia, para ser considerada como tal, no puede prescindir de una base documental. Y la leyenda, por su parte, transita de boca en boca, planea sobre los hechos demostrados y es tildada de habladuría por los cronistas oficiales. Sin embargo, nadie se atreve a restar valor intrínseco a la fábula o a la superstición, que rara vez nace por generación espontánea y cuyo origen suele guardar cierta correspondencia con lo sucedido. El caso del teatro Romea de Murcia sirve de paradigma en esta polémica secular. Existen testimonios orales, pero no documentos oficiales que aporten credibilidad a una supuesta maldición que, como la espada de Damocles, se cierne sobre este centro de arte dramático. Algo debió ocurrir, no obstante, para que la leyenda que pronosticó su destrucción haya sobrevivido hasta la fecha y para que diferentes personas hayan afirmado sentir presencias extrañas en su interior. Y es que las vicisitudes históricas acontecidas en este teatro no han hecho sino alimentar el mito. A este respecto, MÁS ALLÁ ha querido tomar el pulso a la sociedad actual, prestar oídos a cuantos puedan aportar datos, en contra o a favor, sobre ciertos hechos inquietantes que unos atribuyen a lo puramente casual y otros adscriben a lo premonitorio.

La maldición conventual

A mediados del siglo XIX, según explica el cronista murciano Juan Barceló Jiménez, la Iglesia seguía persiguiendo ferozmente el hecho teatral, ya que para esta representaba la encarnación de todos los males. Barceló, autor de El teatro Romea y otros teatros de Murcia, hace referencia al antiguo teatro del Toro, que durante el siglo XVII sufrió una catástrofe en la que perecieron 15 personas y que fue calificada de castigo de Dios por sus detractores. También cita otros casos particulares, como la proclama del obispo García Simón contra la comedia o la negativa del párroco de la iglesia de San Lorenzo a dar la comunión al colectivo de actores, amenaza que tuvo su epílogo en boca de los jesuitas a quien acudiera a ver una representación teatral en plena dictadura franquista. Y es que el mundo del teatro era considerado por la Iglesia católica de aquel tiempo el centro de todos los vicios y el lugar ideal para los escarceos amorosos, donde se lanzaban tanto arengas políticas como se proferían insultos, o se producían robos al amparo de la oscuridad. No obstante, Juan Barceló Jiménez, gran conocedor de la historia murciana, no ha encontrado referencias fidedignas ni comparte la teoría de la maldición, aunque como bien dice el refrán, “cuando el río suena, agua lleva”. El escritor Benjamín Amo es uno de los pocos autores que se han hecho eco de la maldición que envuelve al Romea, tal y como prueba su libro Murcia, leyenda y misterio.

En él explica, de forma somera, que en los terrenos donde se asentaba el teatro original se hallaba el cementerio del convento de Santo Domingo, propiedad expropiada por la desamortización que pasó a manos del Ayuntamiento. Y añade que los frailes dominicos lanzaron un juramento sobre estas tierras que condenaba a sufrir tres incendios a todo edificio que las ocupara a partir de entonces. El convento se encontraba ubicado justo en los límites de la muralla medieval de la ciudad. A un lado se hallaban los huertos que más tarde ocuparía el Romea y al otro se sitúa en la actualidad la plaza de Santo Domingo, populoso espacio que antaño era el centro del mercado y donde ocasionalmente se producían las ejecuciones, como la del conocido bandolero Jaime Alfonso, apodado El Barbudo, que en un principio iba a ser indultado en 1825 pero que después fue ahorcado. No está claro que en estos terrenos expropiados también hubiera un camposanto, tal como afirma la leyenda. Aunque no sería descabellado pensar que fue así, ya que, comúnmente, en los recintos eclesiásticos eran enterrados los feligreses que lo merecían y los miembros de la orden a la que pertenecían. Hubiera o no un cementerio, tal expropiación debió de suponer una humillación para los dominicos. En esta atmósfera de agravio, la maldición referida pudo tener lugar de forma más o menos explícita. El proceso de expropiación y gestiones comenzó en 1842, dilatándose hasta la definitiva construcción del teatro en 1862 y su inauguración por la reina Isabel II.

Todo habría quedado en un episodio sin la menor trascendencia histórica si los acontecimientos que rodearon al nuevo Romea no se hubieran precipitado tras su construcción: dos incendios catastróficos, el primero en 1877 y el segundo en 1899. La cuestión es si la coincidencia entre los tristes episodios acaecidos en el teatro Romea y la maldición de la que supuestamente es víctima son pura casualidad o, simplemente, la leyenda surgió como consecuencia de aquellos sucesos. Con el tiempo han aparecido diferentes versiones sobre esta superstición. Una de ellas apunta que la maldición pronosticó tantas destrucciones como reconstrucciones sufriera el teatro, mientras que otra sostiene que esta auguró sucesivos incendios sin más. Asimismo, existe una tercera leyenda, aún más explícita, que asegura que los dominicos profetizaron exactamente tres incendios, cada uno de los cuales sería más devastador que el anterior. El único modo de formarnos una opinión propia es conociendo la peculiar historia que rodeó desde el comienzo de su existencia al teatro Romea, que desde un principio ha estado plagada de catástrofes, supuestas apariciones fantasmales y sensaciones extrañas sufridas por los testigos que lo han frecuentado a lo largo de los años.